No se convierta en víctima del fraude inocente

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Los enfoques dominantes en el pensamiento económico, esos que suponen -para extraer conclusiones- que el merado está lleno de individuos libres, racionales y bien informados, ja, pasan por alto que los actores de acontecimientos sociales no pueden basar sus decisiones en el conocimiento por la sencilla razón de que éste no existe en el momento en que toman sus decisiones -usted sabe lo mucho que irónicamente se ha hablado de lo bien que explican a posteriori sus errores los expertos económicos-.

El cuerpo del análisis económico y financiero está ubicado en torno a acontecimientos futuros; y los agentes no esperan a que éstos se produzcan para la toma de decisiones sino que se mueven en base a expectativas que no son estáticas, que pueden cambiar en cualquier momento alterando el resultado inicialmente supuesto. Esto sucede en los mercados financieros constantemente, pues la esencia de la inversión consiste en descontar el futuro. Se produce con ello la paradoja de que los cambios en las expectativas actuales afectan a los acontecimientos por venir que de hecho intentan descontar. Recuerde siempre, incluso cuando usted mismo se vea obligado a intentarlo, las palabras de Lao Tsé: los que tienen conocimiento no hacen previsiones, los que hacen previsiones no tienen conocimiento.

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Es obvio que las personas no están desprovistas de todo conocimiento, disponen de la ciencia y de la experiencia, pero eso no será suficiente para alcanzar decisiones que no estén expuestas al error. Por tanto, los resultados de las acciones de los individuos se alejarán en mayor o menor medida de las expectativas en la inmensa mayoría de los casos, pues no pueden preverse a priori del modo en que se pretende con el uso de modelos de equilibrio. Cuenta George Soros que en su vida profesional ha adoptado una postura aún más extrema, sosteniendo que todas las construcciones mentales, sea donde fuere que se produzcan, son imperfectas, defectuosas de un modo u otro. No se trataría solamente de que los pensamientos puedan ser errados, sino de que necesariamente existirá un defecto en todas las concepciones humanas y, por tanto, una divergencia entre las expectativas y los resultados finales.

Algunos filósofos nos han ayudado a entender que sujeto y objeto no son identidades positivas e independientes, válidas cada una por sí mismas, sino que se determinan recíprocamente. Lo que le sucede al objeto le acaba sucediendo a su vez al sujeto. Cualquier intento más o menos romántico de lograr una armoniosa unión entre ambos, o incluso la disolución de uno en el otro, recaería en el principio de identidad y en la irracionalidad. El sujeto se impone sobre el objeto, lo recorta y contrae a su medida, pero la proyección de sí mismo sobre éste le impide alcanzarlo, así que el sujeto nunca llega a conocer al objeto como es. Theodor W. Adorno pensaba que la razón que tenga un auténtico deseo de verdad deberá buscar justamente lo que ella no es en sí, lo que se resiste a someterse a su autoridad.

Para este pensador, la búsqueda de la verdad -y cito a Marta Tafalla- debe hacer estallar el espejismo de la totalidad en que han venido instaladas las aspiraciones del hombre desde el tiempo de los primeros filósofos griegos, para desvelar la pluralidad de lo real frente a la tendencia a la identidad a la que una razón de dictados nos ha venido empujando. Compare ahora este modo de acercarse al mundo tan humilde con lo que nos proponen los creadores de modelos. Desde el más absoluto de los prejuicios se invierte todos los días en los mercados…

Cuando nos acercamos al mercado es necesario establecer como principio liberador a la duda sobre todas nuestras premisas. Lo logramos pensando en lo impensable. Dudar de la bondad de todo lo que hemos aprendido es necesario, y me quedo con que este binomio, reflexibilidad y conocimiento imperfecto, que nos invitan a considerar que nos vamos a movernos sobre un terreno donde existe una elevada indeterminación. Nos advierte Soros de que esa no es una conclusión generalmente aceptada en las ciencias sociales, ni particularmente en la economía. Para él, de hecho, más bien ha sucedido lo contrario: la existencia de éstos prejuicios ha sido negada profusamente por los científicos sociales.

Es fácil entender el motivo que reside detrás de esta actitud: la indeterminación, esto es, la ausencia de predicciones firmes y de explicaciones satisfactorias, puede ser amenazadora para el status profesional de una ciencia. Me temo la mayoría de los seres humanos funcionamos más o menos igual, y por eso se habla de lo políticamente correcto. Haga suyo aquello que Platón ya advertía en su República, y espere una cálida bienvenida en su necesaria -es usted un ser social- vuelta a la caverna. Lo digo porque puede que los que permanecen en ella le lancen piedras cuando les exponga lo que vio mirando con otro prisma.

No sobra en este momento citar parte de lo que dice John Kenneth Galbraith, uno de los mayores economistas del siglo XX, en la introducción de su obra “La economía del fraude inocente”: he aprendido que para ser útil uno tiene que aceptar la continua divergencia ente las creencias aprobadas -lo que en otro lugar he denominado sabiduría convencional- y la realidad. Sin embargo, también he aprendido algo que no resulta sorprendente: al final, es la realidad la que cuenta… Mi conclusión es que en la economía y en la política la realidad está más oscurecida por las preferencias y hábitos sociales y los intereses pecuniarios personales y colectivos, que en cualquier otro ámbito… Se trata de una situación de la que no podemos culpar a nadie en particular: la mayoría de las personas prefiere creer en aquello que le conviene creer… El fraude inocente no es consecuencia del incumplimiento de la ley, sino de las creencias personales y sociales de quienes participan en él. En este sentido, no da lugar a un verdadero sentimiento de culpa y lo más probable es que los involucrados aprueben su propio proceder y se sientan involucrados…

No me siento capaz de expresarlo mejor.