La bolsa es la vida. Es actitud.

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Para hablar de los puntos fuertes y de los “inconvenientes” del análisis técnico me ha resultado imposible no terminar con la misma idea: esto es un arte. Preferí considerarlo un inconveniente, aunque de hecho puede ser visto como una ventaja porque pone las bases de una comprensión decente al alcance de todos.

Tengo pendiente postear algo sobre el arte, pero quiero centrar el tiro y para ello necesito postear algo sobre la actitud. La filosofía ha pretendido siempre, entre otras cosas pero por encima de todo, ser un medio para conseguir mejorar la manera de vivir del hombre, proponiendo por lo general el razonar como modo de conseguirlo. Tal vez eso, razonar nuestros criterios, es algo que he echado en falta siempre en los textos de análisis técnico.

Quizá es donde puedo aportar un granito de arena gracias a mi afición a ciertos temas y a la compañía desde los seis añitos de Isaac De la Peña, con quien comparto esta aventura que es Ágora EAFI. Recuerdo como si fuera ayer cuando, haciendo segundo de bachillerato, me pasó un texto de Newton y me dijo: tío, yo voy a ir por aquí… No entendí nada. Un tiempo después, aunque estudiaba ciencias puras, el “monstruo” se puso a hacer clases privadas de griego porque quería leer la metafísica de Aristóteles sin intermediarios. Tampoco le entendí entonces, ni lo hago hoy en día. Al fin y al cabo él entró en el MIT y yo ni me habría planteado intentarlo. Pero mi amigo, cuando teníamos granos en la cara, me contagió el gusto por la filosofía.

Siempre se ha dicho por parte de los técnicos, en esta batalla tonta que tenemos perdida desde el principio, que los modelos fundamentales/macro fracasan porque desprecian lo irracional. No haga usted lo contrario. Racionalizar el análisis técnico no es una paradoja, ni algo carente de importancia: pues sólo aquello que está bien asentado en nuestra mente resiste la tempestad. Y ésta, con sus dudas y ansiedades, llega periódicamente; pues nadie está a salvo de las rachas de pérdidas. Ni en la bolsa, ni en la vida. Si usted no es una especie de asceta, va a tener que soportar mucha presión.

Invertir, especular, hacer trading…, llámele como quiera, es sin duda un arte. Y si el arte de vivir bien pasa necesariamente por meditar sobre todo aquello en que sea posible hacerlo -pensar la vida, esa es la tarea que decía Hegel-, el arte de especular bien no puede distar mucho de este espíritu. Al final es parte del vivir bien cuando uno es inversor. Al meditar sobre la cuestión que nos ocupa, en este caso invertir, conseguirá reforzar la capacidad que tiene para la toma de decisiones coherentes. Y es esto último lo que me parece definitivo a largo plazo para tener éxito en las actividades de inversión. Conozco a muchas personas inteligentes y bien formadas, y a muchos traders. Pero conozco a pocas personas que resulten realmente coherentes. Y una de las primeras ideas que quiero transmitirle es la de que no tengo duda alguna en relación con si los resultados a largo plazo -que es como debe valorarse cualquier método de inversión/especulación- dependen en mayor medida de la actitud que de la aptitud.

Afortunadamente, y pese a que las mejores inteligencias del mundo confluyen en el mercado, no se requiere una inteligencia como la de Einstein para invertir. Pero quizá sí algo de la coherencia de Sócrates, quien murió por ser consecuente con las leyes de Atenas aún cuando sus seguidores le tenían completamente organizada una huida tras ser injustamente condenado por impiedad. Invertir con éxito en un mercado organizado, con sus subidas y descensos continuos, es una cuestión al alcance de la capacidad intelectual de casi todos los seres humanos si no de todos, pero lejos de lo que la mayoría conseguirá. Si hablamos de batir el binomio rentabilidad/volatilidad del mercado a largo plazo al menos. Y esto es así porque la mayor parte de las personas está muy lejos de comportarse como Sócrates ante un dilema.

Los seres humanos podemos ser muy emocionales, y en mi “humilde” opinión la mayoría es demasiado voluble para esta actividad. Yo me considero radicalmente consecuente. Consecuente hasta el dolor, hasta el punto de perjudicarme a mi mismo y a mis intereses si es menester. Es mi naturaleza kantiana, que creo que me ha protegido bastante bien de algo que es también muy mío y altamente perjudicial para mi profesión: soy extremadamente emocional. Comprenderlo y aceptarlo, conocerme a mí mismo y obrar en consecuencia, fue clave en mi carrera en el mercado porque rápidamente me alejé del daytrading para poder continuar con ella; hasta el punto de arriesgarme a perderla al plantear un ultimátum sobre ello a mi primer jefe. Tuve suerte, estaba desesperada. Esta falta de correlación entre lo que se piensa y lo que se hace se traslada al mercado. Algunos, de hecho, son tan inconsistentes como la gelatina, y en cuanto llega el menor problema a su vida personal o profesional se derrumban en el despacho, huyen, o traicionan a su propia familia para coger un atajo aunque se la lleven por delante. Son inconsistentes, como los malos sistemas de especulación. A mis 40, lo he visto varias veces a mi alrededor y con personas a las que confié mi vida.

Sobre el sentido incomún

Quizá le parezca que estoy exagerando… Piense en la frase “actuar con sentido común”. Lo consideramos una virtud. ¿Pero son las virtudes algo común? La respuesta no es afirmativa, pues en tal caso éstas no serían admiradas y destacables. Si la generosidad, la coherencia o el rigor fuesen patrimonio de la mayoría, no serían realzadas por el mundo. Consideramos que algo es realmente una cualidad destacable sólo cuando no se encuentra con facilidad al que la posee. Así es el hombre, la ley de la oferta y la demanda opera a todos los niveles… Luego el sentido común, si es virtud, es necesariamente escaso. Es, como ya nos advirtiera el poeta, el menos común de los sentidos.

De parecida forma que al sentido común, se encomia en un individuo el que sea consecuente. Por tanto, en tanto en cuanto que virtud, la coherencia es un atributo poco común. Y no, no nos distinguimos por atesorar un buen número de virtudes, ni se encuentran éstas equitativamente repartidas entre todos nosotros. Nuestro trabajo es hacer uso de esas cualidades que nos conceden los dioses o la lotería genética…. Pero tranquilícese, el mercado no es un lugar como las playas de Troya y usted no necesita ser Aquiles, ni tampoco Warren Buffett, para hacer de esta actividad algo que merezca la pena.

Afortunadamente de nuevo, las aptitudes necesarias para este “juego”, se pueden trabajar. Más complicado es lo de las virtudes, porque la actitud es algo muy difícil de cambiar. No digo que sea imposible, pero es un auténtico desafío, una tarea de héroes como Heracles porque supone luchar contra uno mismo. Nada es, a mi parecer, tan difícil en esta vida. Y lo que sin duda es cierto es que aquello de lo que los demás carecen es una ventaja para usted.

Parece completamente lógico pensar que, si la mayoría de los seres humanos no son consecuentes en su vida tampoco lo serán en el mercado. Y siendo éste un lugar que somete a la gente a fuerte presión, que obliga a la constante toma de decisiones en un entorno de incertidumbre, incluso los más coherentes tendrán especial dificultad para serlo. Quizá el éxito superlativo venga mejor explicado por la aptitud que por la actitud, pero la actitud explica mejor que la falta de condiciones el fracaso diario de muchas personas en sus vidas. Y la bolsa, es la vida.

Si ha llegado hasta aquí ya tiene madera de héroe.